22 marzo 2006

Los niños son el futuro

Vaya por delante el asco y la repugnancia que me producen las agresiones cometidas sobre los niños y que lo que el instinto me pide sobre esos incalificables que agreden a los pequeños no es justicia, sino una justa venganza que haga desaparecer de la faz de la tierra a quienes no se puede calificar ni siquiera de alimañas por no ofender a la alimañas.

Pero no sólo por eso, sino por puro instinto de supervivencia, el delito que más me horroriza es el que se comete contra los niños. Ellos son el futuro de la sociedad y un niño sin futuro es una sociedad sin futuro, y por eso me parece tan nefanda la Ley del menor, que garantiza de facto la impunidad de los niños (sí, son niños, no me vengan con el tópico de los jóvenes) para violar la norma primaria de toda sociedad, que no es otra que el respeto a la libertad de los demás. El "mi libertad se termina donde empieza la de los demás" de Sartre ha sido invertido en todos sus términos por la sociedad actual y el buen salvaje ha terminado mostrando el pelo de la dehesa. Los niños de hoy crecen en el convencimiento de que la libertad de los demás empieza donde termina la suya en su acepción más lata, y eso me parece un suicidio como comunidad civilizada.

Además, los niños son observadores implacables de la conducta de los adultos e imitan indefectiblemente sus actos, a veces con ingenuidad y otras con extrema sabiduría. Que pidamos rigor hacia la conducta infantil no se compadece con que la justicia sea benevolente con los comportamientos de los adultos que atentan contra el principio de respeto escrupuloso hacia la libertad ajena.Todos los días, en cualquier periódico, encontrarán noticias sobre maltrato infantil. Torturas sistemáticas a niños que apenas encuentran hueco en un pequeño artículo a una columna a pie de página. Muy pocas veces, en cambio, trascienden las sentencias que condenen a esos padres, sino más bien al contrario, la pena la arrostrará el niño, que continuará su particular calvario en manos de una administración ineficaz que probablemente le condene a un desarraigo total.Y cuando, a veces, hay sentencias condenatorias para los padres, éstas suelen ser como la que hoy me ha movido a escribir este comentario. La pena: tres años y medio de cárcel en total para los padres tras reconocer éstos los hechos ante el magistrado; ninguno de los dos ingresará en prisión. El delito: obligar a su hija de 9 años a posar junto a su padre, desnudos ambos, y a fotografiar a su madre mientras practicaba una felación a su padre. El atenuante: no ha quedado probado el destino que se le iba a dar a las fotos.

Como decía, los niños son observadores implacables e imitadores impenitentes y saben que, si a la madre que agrede a tres profesoras porque su hijo de cinco años tuvo un incidente de patio de colegio no va a sucederle absolutamente nada (a lo sumo una multa de la que luego se jactará: "los dos mil duros mejor gastados de mi vida"), a ellos no les espera castigo por grabar en el móvil una paliza. Saben que las agresiones sexuales a menores por parte de los adultos no son castigadas con el rigor necesario y agreden a sus compañeros. Conocen a menores que ejercen de chaperos para gente influyente y conocida y ni los unos (por ser menores) ni los otros (por ser influyentes y conocidos) son perseguidos.

Por eso el delito que más me horroriza es el que se comete contra los niños. Porque los niños son el colectivo más indefenso y a la vez el más influenciable. Porque son capaces de lo mejor y de lo peor con toda naturalidad, puesto que nadie se encarga de imbuirles barreras morales que los frenen. Y porque creo que el que atenta contra un igual lo hace contra el individuo, pero el que atenta contra la infancia lo hace contra la sociedad toda. Quien abusa de un niño es un cáncer para la sociedad que debe ser extirpado de raiz. La sociedad debe tener derecho a defenderse y a expulsar de su seno a quien la ataca en su futuro. Otra cosa sería condenarla a perecer.

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