26 mayo 2006

Por si el benegá no se ha enterado

Es costumbre de cuando en cuando reproducir aquí los artículos que publica en El Semanal el académico de la lengua Arturo Pérez-Reverte, en parte por mi admiración por este escritor y sobre todo porque en muchas ocasiones suelta verdades como puños, ora por las bravas, ora por lo sutil, ora por lo elegante.

Este último caso es el del artículo que se ha de publicar esta semana. Con claridad meridiana pone los puntos sobre la íes acerca de la descabellada intención del benegá de imponer sus criterios políticos a los lingüísticos de la RAE.

Si alguno no quiere esperar al domingo para leerlo o, como es mi caso, cada vez le provoca más sarpullidos acercarse a un ejemplar de ABC, ahí lo lleva:

Sobre gallegos y diccionarios

Resulta que el Bloque Nacionalista gallego presentó una proposición, de las llamadas no de ley, para que el Gobierno inste a la Real Academia Española a eliminar del diccionario dos significados percibidos como insultantes. En la quinta y sexta acepciones de la palabra gallego, una con marca de Costa Rica y otra de El Salvador, se precisa que ese gentilicio es utilizado allí con el significado de tonto (falto de entendimiento o de razón) y de tartamudo. Y como el partido político gallego estima que eso es un oprobio para Galicia, quiere que se obligue a la RAE a retirarlo. Esto demuestra que nadie en el Benegá reflexiona sobre la misión de los diccionarios. Descuido, diríamos. O quizá no es que no reflexionen, sino que no saben. Ignorancia, sería entonces la palabra. Aunque tal vez sepan, pero no les importe, o no entiendan. Se trataría, en tal caso, de demagogia y torpeza. Y cuando descuido, ignorancia, demagogia y torpeza se combinan en política, sucede que en ésta, como en la cárcel del pobre don Miguel de Cervantes, toda imbecilidad tiene su asiento.

Al hacerse a sí misma y evolucionar durante siglos, cualquier lengua maneja valoraciones –a menudo simples prejuicios– compartidas por amplios grupos sociales. Eso incluye, por acumulación histórica, el sentido despectivo de ciertas palabras, habitual en todas las lenguas y presente en diccionarios que recogen el significado que esas palabras tienen en el mundo real. Por ello es tan importante el DRAE: porque se trata del instrumento de consulta –imperfecto como toda obra en evolución y revisión constantes– que mantiene común, comprensible, el español para quinientos millones de hispanohablantes. Quienes acuden a él buscan una guía viva de la lengua española en cualquier lugar donde ésta se hable. Refiriéndonos a gallego, si el DRAE escamoteara uno de sus usos habituales –por muy perverso que éste sea–, el diccionario no cumpliría la función para la que fue creado. Sería menos universal y más imperfecto. El prestigio de que goza el DRAE en el mundo hispánico no es capricho de un grupo de académicos que se reúnen los jueves. Veintidós academias hermanas lo mejoran y enriquecen con propuestas y debates –a veces enconados y apasionantes– a lo que se añaden millones de consultas y sugerencias recibidas por internet. En el caso de gallego, esas dos acepciones vinieron de las academias costarricense y salvadoreña. Y no podía ser de otro modo, pues el diccionario, al ser panhispánico, está obligado a dejar constancia de los usos generales, tanto españoles como americanos. Ni crea la lengua, ni puede ocultar la realidad que la lengua representa. Y desde luego, no está concebido para manipularla según los intereses políticos o socialmente correctos del momento, aunque ciertos partidos o colectivos se empeñen en ello. El DRAE realiza un esfuerzo constante por detectar y corregir las definiciones que, por razones históricas o de prejuicios sociales, resultan inútilmente ofensivas. Pero no puede borrar de un plumazo la memoria y la vida de las palabras. Retorcerlas fuera de sentido o de lógica, eliminar merienda de negros, gitanear, hacer el indio, judiada, punto filipino, mal francés, andaluzada, moro, charnego, etcétera, satisfaría a mucha gente de buena fe y a varios notorios cantamañanas; pero privaría de sentido a usos que, desde Cervantes hasta hoy, forman parte de nuestras herramientas léxicas habituales, por desafortunadas que sean. Por supuesto, el día que dejen de utilizarse, la RAE tendrá sumo placer, no en borrarlas del diccionario –los textos que las incluyen seguirán existiendo–, sino en añadirles la feliz abreviatura Desus.: Desusado.

Una última precisión. Con leyes o sin ellas, el Gobierno español no tiene autoridad para cambiar ni una letra del DRAE. La Academia es una institución independiente, no sometida a la demagogia barata y la desvergüenza de los políticos de turno. Eso quedó demostrado –creo que ya lo mencioné alguna vez– cuando se negó a acatar el decreto franquista de privar de sus plazas a los académicos republicanos en el exilio, manteniéndolas hasta que sus titulares fallecieron o regresaron, muchos años después. Y aunque el dictador, como venganza, dejó a la institución en la miseria, retirándole toda ayuda económica, la RAE –incluso con académicos franquistas dentro– no se doblegó nunca. Así que ya puede calcular el Bloque Nacionalista gallego lo que afecta a la Real Academia Española su proposición al Gobierno.

El Semanal 28 de mayo de 2006

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2 Comments:

Anonymous montejano said...

el propio fiscal del caso wanninkhof definió el caracter de la acusada como pusilanime y muy gallego

10:43 a. m.  
Anonymous Anónimo said...

Estoy de acuerdo con lo expresado en el artículo del señor Reverte en el fondo, que no en las formas, pero con una reserva. Los diccionarios deben recoger de forma no política, sino práctica, todos los usos que de las palabras se hacen en todo lugar en el que el español esté vivo. No debemos obviar ninguno por motivos políticos como en el caso de la definición de lo que es un gallego para algunos hispano hablantes de Sudamérica...pero tampoco lo que significa "español" para no pocos habitantes de lugares como el País Vasco, Galicia o Cataluña. También allí esa palabra tiene, desde viejo y en la actualidad, significados muy ofensivos que no aparecen reflejados en el, aparentemente apolítico y pragmático diccionario. Debería seguirse la norma que un diccionario es un instrumento donde, para el extranjero que ha de hacer traducción de un texto en el que se usa como sinónimo de una ofensa, pudiese encofrar estos significantes que, repito, existen no en las lejanas tierras allende los océanos, sino aquí, al lado, a 600km de donde asienta sus sitios la RAE.

2:12 a. m.  

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