21 noviembre 2006

Elogio de un hombre.

Tuve la inmensa fortuna de asistir a la Misa que en la Santa Iglesia Catedral de Sevilla se ofició ayer en memoria de Su Excelencia el Generalísimo.

El título de este post no hace referencia al que fuera Jefe del Estado, cuyos méritos han de juzgar Dios y la Historia, sino al oficiante, cuya homilía me pareció una de las piezas de oratoria más soberbias que he tenido el placer de disfrutar.

Comenzó el oficiante advirtiendo: "Para que luego no digan que he dicho lo que no he dicho, la homilía será leída". Y tiró de papel. ¡Qué daría por hacerme con ese papel!. No conocía al sacerdote, pero pienso ir a su parroquia a solicitarle una copia de dicho escrito, si tiene a bien proporcionármela.

La grandiosidad de la Catedral de Sevilla, en un lado. El maravilloso recogimiento de la recoleta Capilla Real, en otro. En ella, una Fe.

Y, alimentándola, un Hombre.

Valiente, sincero, veraz, y a veces temerario si seguimos los cánones tan en boga de lo políticamente correcto, glosó con voz recia y segura los méritos que adornaron al Caudillo y no se arredró a la hora de reconocer sus errores.

Quien estuvo allí sabe de lo que hablo. Por mi parte, sólo puedo dar la gracias a un hombre, un sacerdote que supo reavivar la Fe, el orgullo y la lealtad de cuantos tuvimos, reitero, la inmensa fortuna de disfrutar de su palabra.

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