19 diciembre 2006

En mi Belén falta una figura


Mi Belén siempre tendrá una figura esencial: la Virgen María. El hombre siempre necesitó de la mujer para hacerse trascendente. Hasta Dios mismo la necesitó, y en estas fechas lo recordamos. La mujer, la Madre, es la esencia que nos aporta la humanidad, que no el matraz donde ésta germina. Los imbéciles que se niegan a admitir que somos una sociedad matriarcal, se niegan a sí mismos, porque San José siempre seguirá limitándose a reclamar desde su silencio patriarcal el sitio que le corresponde en cada Belén.

En el mío, hoy una ausencia deja un vacío formidable. En el recuerdo, por fin descubro que la lavandera, el pescador, el anacrónico segador con sombrero de paja y los eternos camellos que cada año cubrían su ruta hasta el portal lentamente, casi imperceptiblemente, desde la Inmaculada hasta la Epifanía, estas figuras, digo, no eran sino meros comparsas del verdadero misterio: el de la ilusión, el del verdadero espíritu navideño, el de unos seres humanos a los que une algo más que contemplar un escenario de cartón piedra, y que año tras año, al menos una vez al año, reproducen el milagro de la Familia.

En mi Belén falta una figura, la del hombre que hizo posible esa ilusión real de creer que aquella figurita de barro que se escondía entre la paja renovada cada año, dentro del pesebre de plástico, era el Hijo de Dios vivo.

Nunca se lo agradecí lo suficiente y ya nunca podré hacerlo, excepto en mis oraciones.

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