25 enero 2007

Al Excmo. Sr. Chaves, sin ningún respeto

Excmo. Sr. Presidente de la Junta de Andalucía:

Manolo, al parecer has dicho que sería una buena idea que de Juana obtenga la libertad provisional. Me gustaría hacerte llegar porqué me parece indigna tu afirmación.

En el vespertino de la Cope tuve la ocasión de escuchar el testimonio de uno de los Guardias supervivientes del espantoso atentado de la República Dominicana en Madrid. Relató con voz serena (¡qué aplomo!) cómo tuvo que reponer la piel al cráneo descubierto a un compañero con sus pópias manos, cómo descubrió los cuerpos decapitados de varios compañeros que ocupaban las últimas filas del autobús y cómo al pedirle con posterioridad que reconociera los cadáveres de sus compañeros, con los que había convivido durante dos años, sólo pudo reconocer con certeza a tres de ellos; el resto era una masa informe irrreconocible.

El que manejaba el mando a distancia que activó el explosivo ese día nefando era el hambriento de Juana, y su único error fue, siguiendo el relato del superviviente, no prever que el conductor aceleraría justo en ese momento pues el semáforo estaba presto a ponerse en rojo. Si el autobús se hubiera detenido en el semáforo, ese hombre, con toda seguridad, así como el resto de sus compañeros, hubiera muerto también.

Veinte años despues, a fuerza de luchar contra él, nuestro superviviente confesó que ya no existe odio en su corazón. En el corazón de de Juana sí existe el odio. Veinte años después y doscientos si los viviera.

Por eso, Manolito, me indigna tanto que veas razonable la libertad para ese monstruo. De esa alimaña que brindó con champán por la muerte de Alberto y Ascen. De esa escoria que se reía en su celda mientras en toda Sevilla (lo sabes, estabas allí aunque de tus palabras se desprende que sólamente por la foto) llorábamos.

Manolito, hubiera deseado que estuvieras en el colegio de los hijos de Alberto y Ascen (y de tantos otros huerfanos por mor del que ahora defiendes) el día que al fin volvieron a sus clases. Me hubiera gustado que sintieras el silencio sepulcral del patio, las miradas de los niños, las lágrimas sordas de los mayores y la dignidad con que esos dos chavales pasaba entre gente corriente que no sabía cómo reaccionar ante tan extraordinario dolor.

Y hablo de Sevilla porque lo que te cuento lo viví en primera persona. Pero esa imagen se repitió muchas veces en nuestra tierra: en Málaga, con Matín Carpena, en Sevilla con el Dr. Cariñanos, en Granada con el Fiscal Portero, y en tantos otros pueblos de Andalucía donde se enterraban de tapadillo durante los años de plomo los guardias del Sur que caían en el Norte en acto de servicio.

Quizás si no vivieras en tu pedestal dorado, alejado por completo de la realidad de tu pueblo y del dolor que en tantas ocasiones ha azotado esta tierra que tan indignamente presides, tus palabras hubieran sido otras. Pero a los que se creen dioses no se les pueden pedir sentimientos humanos. Ni a los miserables tampoco. Y tú eres las dos cosas a un tiempo.

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