13 abril 2007

Grande y Felicísima Armada.


Esta vez sí. Esta vez la flota española consiguió remontar el Támesis y derrotar al inglés en su propio feudo. Esta vez sí fue Grande y Felicísima Armada. Y es que esta vez lucharon hombres contra hombres, no contra los elementos.

En mayo de 1588 la Armada Invencible salió de Lisboa. Treinta mil hombres y ciento treinta navíos que fueron diezmados por las tempestades mientras el pirata inglés, oportunista y taimado, aprovechó la ocasión que la suerte puso en su camino y derrotó a las ya muy mermadas fuerzas españolas.

En abril de 2007 la Invencible volvió a zarpar. Una veintena de valientes, arropados por más de mil doscientos incondicionales, consumaron la gesta y demostraron una vez más que la pérfida Albión, sempiterna jugadora de ventaja, nada puede contra la casta y el coraje si es en buena lid.

Modesto Lafuente en su Historia General de España cita así la célebre frase de Felipe II ante el desastre de la Invencible: «Yo envié a mis naves a luchar contra los hombres, no contra las tempestades. Doy gracias a Dios de que me haya dejado recursos para soportar tal pérdida: y no creo importe mucho que nos hayan cortado las ramas con tal de que quede el árbol de donde han salido y puedan salir otras». Y cuentan también que con motivo de aquella aciaga ocasión, Isabel de Inglaterra hizo grabar una inscripción que rezaba: «Dios sopló y fueron dispersados». En White Hart Lane, también sopló Dios; pero lo hizo sobre la rama que el gran Felipe profetizó, moviéndola con energía para azotar sin piedad al enemigo inglés y humillarlo en el mismísimo corazón de las islas, en plena capital británica. Dichosa la rama hispalense que al tronco hispano sale.

Me gusta decir que el fútbol nació en Inglaterra y se hizo Arte en Sevilla. A las pruebas me remito. Repasen la magnífica primera parte del Sevilla F.C. en Londres y descubran a qué me refiero. Observen con atención ese fútbol hecho arte y filigrana. Asómbrense con la perfección del segundo gol, la precisión en la pared y la definición exquisita de Kanouté en su regreso a la que fuera su casa. Deléitense con Christian Poulsen, el hombre de hielo, dueño y señor del centro del campo. Y disfruten también de la lucha, la entrega y el pundonor de los hombres del Sevilla F.C. en otras fases del partido, porque este deporte también consiste en eso, en pelear como hombres cuando ha menester.

La siguiente batalla será en lucha fratricida contra los que lucen con orgullo en su escudo las cadenas de Miramamolín que Sancho el Fuerte rompiera con su propia espada.

Pero eso ya es otra historia...

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1 Comments:

Anonymous Enrique C. Pérez said...

Hermano, vaya pedazo de crónica.

Chapeau, Cool, Great, Sensazionale, wapísima...

Qué bien escribes, cojones.

8:55 p. m.  

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