02 mayo 2007

Carta abierta a la afición Navarra.


Hoy puede ser una oportunidad para recordar. Y para olvidar.

Desde que castellanos y navarros, codo con codo, en la magnífica jornada de Las Navas de Tolosa, abrieron el paso hacia Castilla la Novísima, la Providencia nos predestinó a hacer camino juntos. Fernando el Católico aunó por fin el Reino de Navarra al de Aragón, y por ende a España, y desde entonces ha llovido mucho. Demasiado, algunas veces.

Hoy que algunos iluminados pretenden que los señoríos castellanos de Vizcaya y Guipúzcoa se anexionen el Reino de Navarra a su pretendida patria vasca, quizá fuera bueno recordar que Navarra fue cuna de la Hispanidad y su hija predilecta. Siempre que la Tradición estuvo en solfa, Navarra respondió como un solo hombre, y ante el delirio sucesorio del Deseado e indeseable Fernando se levantó en armas. Y con ella Malavilla, Gómez Damas o José Caparrós (¿de qué me suena a mí ese apellido?) en Andalucía.

Y, ¿qué decir de los Tercios de Navarra, Montejurra, Lácar, Abárzuza, Sangüesa, Tudela, San Francisco Javier y del sevillanísimo Tercio Virgen de los Reyes?.

Después de correr la Historia juntos, han bastado poco más de treinta años para que algunos lleguen a pensar que Andalucía es el enemigo y Sevilla la Isbilya que hay que reconquistar. En su delirio, vienen pretendiendo restregarle por las narices a un pueblo con milenios a las espaldas sus ikurriñas con olor a poliéster recién tejido.

Acordaos de lo que nos unió y nos une y hagamos de la jornada de hoy una fiesta española. Olvidaos de los cantos de sirena y demostremos que, como dijo el bueno de Don Marcelino, “el regionalismo egoísta es odioso y estéril, pero el regionalismo benévolo y fraternal puede ser un gran elemento de progreso y quizá la única salvación de España”.

Y que gane el mejor.

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