14 mayo 2007

En tierra extraña

Quiso Dios, con su Poder, fundir cuatro rayitos de sol y hacer con ellos una mujer... mi querida Antonia.

Si a doña Concha le pilló la nochebuena en nueva yó, a mi Antonia le ha pillao todas las buenas noches en Virginia. Demasiado lejos. Es por eso que no alcanzo a imaginar cómo se puede vivir tanta emoción sevillista en tierra extraña. Porque mi Antonia es sevillista, por cuna, por convicción, porque ha criado un americano sevillista y porque sí. Tengo que confesar, como dice Alvarado en la cuña de SFC radio, que algunas veces reímos con el arte de los que están lejos y que otras, ¿por qué no? también lloramos.

Me siento inmensamente afortunado de vivir esta vorágine de sevillismo en la tierra de María Santísima, mirando al Guadalquivir y a la sombra de Santa Ana.

Cuando Glasgow está en el viejo mundo, Madrid se te antoja inalcanzable, y tu Sevilla está jugándose el pellejo mientras tú estás deglutiendo de mala manera lo que por allí llaman el lunch (aquí, a las nueve de la noche estamos ya con la cruz, del campo, claro), si de pronto se escucha un gramófono sonar con el himno de Javier Labandón, entiendo que todos callen, que nadie ría, que todos lloren.

Y así, oyendo esa música allá en tierra extraña serán nuestros suspiros –los vuestros allí, los nuestros contigo- suspiros de España.
Os quiero.
Aquí.

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