10 mayo 2007

Parece que fue ayer...

El año que nací yo qué planeta reinaría. Ese año el Sevilla F.C. jugó la última final de Copa, y he visto pasar por ese trance a muchos equipos, grandes, pequeños y hasta el "otro" la jugaba y la ganaba. Y yo oliendo el pescao freirse y sin catarlo. En mi vida. En toda mi vida.

Cuarenta años y pico esperando ver una final y oyendo hablar de la última, que por aquellas calendas estaba yo en el útero materno. Y a base de moverse entre dos aguas, uno se acostumbra y aprende a vivir el día a día y a sufrir cuando toque la de arena (las más de las veces) y a disfrutar la de cal (cuando llegaba).

Bueno pues ahora resulta que no , que con el siglo mi Sevilla va y renace y se hace nuevo, y sin casi darme cuenta me topo de bruces con cuatro finales en un año. Y me viene esa especie de vértigo porque todo va demasiado deprisa, que cuando una pasión se hace grande y se alcanza después de haber sufrido por ella, y te cambia la vida, estás temeroso de perderla.

Algo parecido es lo que sentí no hace mucho cuando la ví pasear por el real con su vestío de mujer meneando volantes y se me vino a la memoria cuando empezó a gatear, las filigranas que tenía que hacer mi primo el ratón para llevarse el diente de debajo de la almohada o el día que me enteré que ya tenía otra mujer en casa. Y me invadió un sentimiento entre melancolía por lo pasado, temor del presente y esperanza en el futuro. Y la ví alejarse y se me hinchó el pecho de orgullo de padre mientras pensaba: "¡qué grande está y qué bonita va...!".

Y veo a mi Sevilla y me pasa igual, que se me hincha el pecho de orgullo sevillista y me digo:

-"¡Qué grande está!. Y qué bonita va...".

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