19 junio 2007

Hasta siempre, David.


La mano izquierda alzada, la palma al cielo de Nervión, el distintivo de capitán al brazo, y un hombre que llora y mira al infinito. En su brazo derecho sujeta a una niña, sevillana, que se atusa coqueta el pelo. No es ajena al momento que está viviendo su padre, y busca con la mirada, entre orgullosa e inquieta, la seguridad de unos ojos que nunca pieden su estela. Pero hoy esos ojos, como si de un círculo mágico se tratara, no estan en ella: no hace falta, está con su padre y está segura; esos ojos, en cambio, están fijos, mientras muerde su labio inferior y a duras penas contiene las lágrimas, en su esposo. Pero el círculo no se cierra, su cuadratura es posible, y las manos de la madre aprietan con fuerza, buscando y dando seguridad al niño que cierra los ojos y sueña, quizás, con ser algún día como su padre.

En segundo plano, fuera de foco, aplauden Maresca y Hinkel. Todos llevan la camiseta con el tres. Hoy todos son David. Hoy todos estamos con ese hombre que, como los buenos, se te mete en el corazón sin hacer ruido, sin aspavientos, pero con la seguridad de aquellos que nacieron grandes y que no necesitan de halagos y mojigangas para seguir un camino recto, profesional y pleno.

El titular de El Correo reza: Se va un grande.

Se nos va un grande.

Y yo quiero verlo levantar la Copa del Rey en Madrid, no por mí (que también, no vamos a engañarnos), sino por esa niña que busca, por esa mujer que encuentra y por ese niño que sueña, y, sobre todo, por ese hombre que llora.

La foto la firma Javier Díaz y la veo en El Correo de Andalucía. Si tienen ocasión, échenle un vistazo. Y sueñen.

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