26 junio 2007

Aserrín, aserrán...


... las maderas de San Juan.

En la noche de San Juan existe la costumbre ancestral, rito pagano trasladado a la Fe católica, de quemar lo viejo, lo que pasó, para alumbrar con la hoguera el fruto de un nuevo amanecer.

La noche más corta del año sirve como excusa para conmemorar el principio de un nuevo ciclo, donde granará la cosecha sembrada y mimada durante el año. Tras la efímera existencia de la flor, no por ello menos bella, empieza el verano, donde se recoge el fruto de la tierra y el trabajo de la temporada.

Es el fin, pero también es el principio. Como la naturaleza, mi Sevilla F.C. cierra una temporada como tricampeón y arroja al fuego en esta noche de San Juan fantasmas pasados, rencillas estériles y odiosas comparaciones. Lo viejo, lo caduco, lo inútil, pasa a la pequeña historia de las mezquindades humanas. El horizonte se presenta despejado y el sol de Castilla alumbra el inicio de una nueva era en el sevillismo.

La semilla se sembró en su día. Hoy estamos embriagados con el perfume de la flor. El solsticio de verano nos anuncia la cosecha. Porque la semilla no cayó en pedregal, sino en tierra fértil, en una tierra que tras años de barbecho está presta y dispuesta a servir como sustrato para la nueva cosecha, la mejor, la que está por llegar.

Y esta noche, además, es muy especial para mí. En esta noche de San Juan habría cumplido ochenta y ocho años un hombre que me enseñó a ser persona, a ser hombre y a amar unos colores. Seguro que arriba, muy arriba, lo celebró con el mejor regalo que pueda tener un sevillista: ver campeón al Sevilla F.C.

Feliz cumpleaños, papá.

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19 junio 2007

Hasta siempre, David.


La mano izquierda alzada, la palma al cielo de Nervión, el distintivo de capitán al brazo, y un hombre que llora y mira al infinito. En su brazo derecho sujeta a una niña, sevillana, que se atusa coqueta el pelo. No es ajena al momento que está viviendo su padre, y busca con la mirada, entre orgullosa e inquieta, la seguridad de unos ojos que nunca pieden su estela. Pero hoy esos ojos, como si de un círculo mágico se tratara, no estan en ella: no hace falta, está con su padre y está segura; esos ojos, en cambio, están fijos, mientras muerde su labio inferior y a duras penas contiene las lágrimas, en su esposo. Pero el círculo no se cierra, su cuadratura es posible, y las manos de la madre aprietan con fuerza, buscando y dando seguridad al niño que cierra los ojos y sueña, quizás, con ser algún día como su padre.

En segundo plano, fuera de foco, aplauden Maresca y Hinkel. Todos llevan la camiseta con el tres. Hoy todos son David. Hoy todos estamos con ese hombre que, como los buenos, se te mete en el corazón sin hacer ruido, sin aspavientos, pero con la seguridad de aquellos que nacieron grandes y que no necesitan de halagos y mojigangas para seguir un camino recto, profesional y pleno.

El titular de El Correo reza: Se va un grande.

Se nos va un grande.

Y yo quiero verlo levantar la Copa del Rey en Madrid, no por mí (que también, no vamos a engañarnos), sino por esa niña que busca, por esa mujer que encuentra y por ese niño que sueña, y, sobre todo, por ese hombre que llora.

La foto la firma Javier Díaz y la veo en El Correo de Andalucía. Si tienen ocasión, échenle un vistazo. Y sueñen.

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