29 agosto 2007

Hasta siempre, Antonio

"...la Giralda presume orgullosa..."


“Si las piernas no pueden, el corazón sí”. Antonio acababa de levantar su segunda Copa de la Uefa y respondió así cuando le preguntaron si quedaba combustible para encarar la vorágine de partidos que esperaban al Sevilla F.C. en el trepidante final de Liga de la pasada temporada. Y es que así era él. Todo corazón. Cuando las fuerzas fallaban, algo en su interior se removía y se negaba y asombraba a propios y extraños con la enésima subida por su banda.

Ayer el músculo falló, pero su corazón, el de verdad, el que rebosaba y rebosa sevillismo sigue vivo. Sigue vivo en sus seres queridos, y sobre todo en ese Aitor que está por nacer y al que un día, seguro, veremos correr por la banda y nos diremos “fíjate, corre igual que el padre...¿te acuerdas?”. Por supuesto que nos acordaremos, porque ese corazón, ese inmenso corazón que de tan grande quiso escapar de su cuerpo, también vive y vivirá para siempre en todos los sevillistas.

Pero eso será mañana. Hoy el dolor nos atenaza y nos impide seguir el partido. ¿Dónde está el agua milagrosa que alivia los calambres del alma?. ¿Qué mágico ungüento nos devolverá al campo con fuerzas para continuar?. La respuesta nos la dio él con su ejemplo: si fallan las fuerzas, corazón.

Hasta siempre, Antonio. Sevillista hasta la muerte.

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20 agosto 2007

MARGARITAS A LOS CERDOS


“Nolite dare sanctum canibus neque mittatis margaritas vestras ante porcos, ne forte conculcent eas pedibus suis et conversi dirumpant vos. (Matthaeum 7:6)”.

Si hubiera una frase con la que definir lo que pasó en la final de la Supercopa sería ésta de las Sagradas Escrituras, que en español viene a decir que “No deis a los perros lo que es santo, ni echéis margaritas delante de los puercos, no sea que las pisoteen con sus patas, y después, volviéndose, os despedacen”.

La tremenda lección de fútbol que ayer dio el Sevilla F.C. no sirvió sino para que los perros intentaran despedazarlo con saña y los cerdos pisotearan la margaritas que sembraba a su paso. A la calidad del que quería jugar al fútbol se enfrentó la estulticia del eterno fingidor Robinho, la marrullería del caduco Raúl, la impotencia del rubito del Ferrari y la violencia del que se fue para ganar títulos y ya sólo sirve para dar patadas.

Lejos están los tiempos en que las gradas del Bernabéu sabían apreciar la calidad de los rivales. Ya el “sabio” público de ese magnífico coliseo no aplaude las maravillas del adversario admitiendo la derrota con deportividad. Ahora, simplemente se va: no sabe perder. La grandeza del que fuera reconocido como mejor equipo del siglo XX es cosa del pasado; el Real Madrid de hoy sólo consiste en una banda de soberbios sustentada por su enorme poderío económico y mediático, pero mas temprano que tarde tendrán que dejar paso a los equipos llamados a marcar el fútbol del siglo XXI. Y el Sevilla F.C. es uno de ellos.

La pelea entre Teseo y el Minotauro no podía tener otro final más que la derrota y humillación del monstruo y el triunfo de la inteligencia sobre la fuerza bruta, del hombre sobre el animal, de la belleza sobre la fealdad.
Porque mira que el Pepe es feo, el tío...


Madrid, saluda al campeón.

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